domingo, 28 de mayo de 2017

Quiero ser aire y que me respire la gente.
Venir del norte, ser frío y volverme caliente. Ser mezcla homogénea de elementos, expandirme, subir a las nubes. Juntarme con el agua, quedar atrapado en ella.
Y no ahogarme.
Quiero lanzarme al vacío dentro de una gota. Ver cómo la tierra va acercándose a mi caída, y ser el centro, esfera convertida en aguja, burbuja en cápsula veloz.
Caer en la frente de alguien, desconocido, apresurado. Que no me quiera, y yo lo acaricie. Que la gota me libere y vuelva a subir.
Quiero ser aire, porque quiero acabar en tu sangre. Quiero que me atrapes en tu pecho y tus células me roben. Quiero que me lleven muy adentro, si tengo suerte, a tu cabeza. Quiero mirar allí a ver qué encuentro.
Quiero vivir allí el eterno instante en el que me transformas; en el que me cambias y te alimentas de mi esencia. Ver qué ocurre entonces allí dentro. Quiero ver si lo disfrutas. Y, cuando no sea más que un desecho, sácame de ti.
Yo flotaré y dejaré que me coman la hierba y las hojas, y cuando acaben conmigo, otra vez seré aire puro.
Volveré a viajar, seré viento, unido a la manada. Me volveré frío y empujaré a la nieve, y entonces, cuando sea más invierno que otra cosa, seré de nuevo burbuja dentro de una nube, y tallaré un cristal de hielo que no  verá nadie.

viernes, 26 de mayo de 2017

Rol transgresivo. Legal bueno

Nota: texto rescatado de mi blog sobre rol. He pensado que sería buena idea tenerlo aquí, ya que se trata de un texto más literario que otra cosa.

Rufus se levanta cuando aún es de noche. Se pone unas cómodas ropas de ligera tela y se echa a correr por el camino del bosque. Cuando llega al final, marcado por una piedra enorme, estira sus músculos y hace varios ejercicios. Después, vuelve a casa. Como buen paladín, reza a su dios cara al sol que va despuntando. Cuando termina sus oraciones, despierta a su pequeño hijo adoptivo, Lazarus, al cual salvó de la matanza que puso punto y final a un asedio en el que él mismo participó, por la desgracia de los que mandan por la gracia de su dios. Le da el desayuno y lo lleva a la escuela. Su pequeño es el primero en llegar, ya que sus padres comienzan a trabajar muy temprano para proteger y servir la Ciudad Santa.
Rufus instruye a los nuevos cadetes en el combate a espada. Después de tantos años sirviendo a su fe ya debería ser al menos capitán, pero esta es la vida que ha elegido, la cual lo mantiene alejado de los laureles y la gloria de la batalla. Una vida que lo aleja también de las reuniones en la taberna con los demás compañeros, de las largas cabalgatas –polvo, sudor y hierro- bajo el sol en busca de tierras paganas que evangelizar. Y, lo que más le duele, del orgullo de su viejo padre, heroico y legendario paladín “de los buenos”, cuya sombra siempre ha oscurecido los actos de Rufus.
Llega la tarde, y es hora de buscar a Lazarus. Hoy le han pegado en el colegio por defender a su padre, y este lo toma en brazos y lo lleva así a casa. Le dice que la vida a veces da golpes duros, injustos, pero que la mayor virtud es darles el perdón a los que nos hacen mal, ya que el perdón y no la venganza es lo que nos hace libres. Y por dentro reza para que su fe lo ayude a contener las ganas de dar un bofetón al malcriado y a su padre.
El amor mueve a Rufus, es el tercer pilar de su vida, además de la fe y la justicia. Por ello ha sido capaz de dejar la vida ejemplar que se esperaba del hijo de su padre, y vive en una casa en el bosque, a un buen trecho de la ciudad, con su hijo y con el amor de su vida. Este amor vuelve siempre un poco más tarde. Patrick, mensajero personal del obispo, otro buen y capaz paladín. No suelen verse mientras trabajan; de hecho, no comparten ningún destino desde que se conocieron y se enamoraron. No decir, no preguntar, ya saben. La premisa es no provocar a los que están a Dios rogando y con el mazo dando.
La noche siempre es agradable. La chimenea, la cena, Lazarus contando qué ha aprendido en la escuela, el rumor de las hojas de los robles agitadas por el viento alrededor de la casa. Risas y cariño en su pequeño lugar en el mundo. Antes de dormir, un rezo de acción de gracias. Y mañana será otro día.

Rol transgresivo. Caótico maligno.

Nota: texto rescatado de mi blog sobre rol. He pensado que sería buena idea tenerlo aquí, ya que se trata de un texto más literario que otra cosa.

Esta es la historia del drow que comía gusanos en el bocata. Estaba cansado de salir a la superficie y encontrarse con gente que se pensaba que era caótico bueno. Un día, entró en una posada con seis frascos de fuego de alquimista y le prendió fuego. No era una cuestión política, ni tampoco religiosa. Simplemente se deleitaba con el tradicional placer de hacer daño a los inocentes. La diferencia es que él no necesitaba excusas. No escondía su sed de sangre tras la fachada de la ambición o del fanatismo, mataba gente porque sí. Dejaba que se desangraran, pero no para beber la sangre de las vírgenes, ni ofrecerla a los demonios. La dejaba allí, en el suelo, no le importaba que se secara y oliese mal luego.
Pasaba de largo cuando se encontraba con una iglesia. Ni siquiera le despertaban odio. Los sacerdotes le provocaban tanto desprecio como el resto de los feligreses, sólo que de ellos sabía que no eran inocentes. Si eran verdaderos mensajeros de los dioses, deberían arder como deberían hacerlo sus panteones; si eran unos farsantes, merecían morir por mentirosos. Siempre existe una excusa para matar, pero lo verdaderamente placentero era hacerlo sin necesidad de buscarla. Y el drow no la tenía. Sólo mataba y dañaba.
No torturaba, pues no era su estilo. Contemplar a los inocentes retorcerse y perder su dignidad presa del dolor le deprimía, pues le recordaba la naturaleza de la condición mortal, fuera cual fuese su especie. Gnomos, humanos, elfos… al final todos mueren, por mucho que se resistan. Los drow también mueren, obviamente. Pero antes, está en su carácter llevarse por delante cuantos más, mejor. La tortura era plato más del gusto de las sacerdotisas de la Diosa Araña, de los oficiales de los ejércitos de la Infraoscuridad y de especímenes similares, a los que el drow despreciaba tanto como a los inocentes de la superficie.
En el fondo, el mayor deseo del drow era quedarse solo. Sentarse en lo alto de una piedra a comerse su bocata de gusanos sin preocuparse de que nadie viniera a decirle que aquella piedra no era suya, que debía dar un décimo de su bocata a la Iglesia, o que su patria necesitaba que fuese a morir a algún lugar sin ningún significado. El mayor deseo del drow era poder cagarse en cualquier altar, y limpiarse con cualquier bandera. Y matar, claro. Matar hasta no poder más, hasta que los brazos se le durmieran de tanto rajar y perforar, y largarse del lugar sin dejar títere con cabeza.