Voy a ponerme a quemar cosas hasta que ya no quede nada.
Voy a robarle aire al aire, voy a llenarlo de humo negro y de polvo y de ceniza hasta que ya no quede nada.
Tanto que crece la cuenta, tanto que el número aumenta; a nadie le preocupa, sólo ocurre que un día ya no se puede seguir tensando las cuerdas, y todo se rompe y se disuelve, se reparte y se diluye hasta que ya no queda nada.
Pero no termina, aunque ya no quede nada.
Se va la noche y con ella las excusas para estar en la cama; se impone un nuevo orden y a nadie le importa qué voz se alce, inconformista. El sol aparece por un horizonte claro y perfilado, y la luz que envía ciega los ojos empañados, rayos que se clavan en la cabeza como cristales de botellas a las que no les queda nada.
Empieza el día, y pasa el tiempo. Llega la primavera y todas las flores dan alergia. No hueles, no ves, te escuece hasta el alma y deseas un verano temprano. Y el verano seca las flores hasta que ya no queda nada. Sólo te queda el invierno, sólo te queda el vacío. ¿Qué vas a hacer con tanta tristeza cuando ya no te quede nada?
Cuando ya no quede nada, me enfrentaré a la noche. Caminaré con las manos abiertas y tiznadas de gris polvo de memoria. Cruzaré el bosque, los lobos me verán pasar y devorarán mi carne hasta que ya no quede nada, y mis huesos blancos se vestirán de hojas y de raíces, y el agua de la lluvia enterrará mi espinazo en el barro. Puede que llegue otra primavera y dentro de mis costillas nazcan flores. Esas ya no me darán alergia, porque de mi ya no quedará nada. Y cuando ya no queda nada, no queda sino empezar de nuevo.
lunes, 9 de septiembre de 2013
lunes, 26 de agosto de 2013
Está Paulina en el lado derecho del escenario, de pie, mirando al público.
Entra Gastón.
-Al fin, mi amada, he logrado encontrarte. Cuán he penado por caminos y bosques, por cañadas plenas de crueles sabandijas, por senderos empantanados y veredas surcadas de espinos. Quién diera sus ojos al señor de los cielos, que en altares se venera, quién tuviera potestad de librarme de mis cuitas, ahora que ante tus pies me derribo.
-Ay, Gastón, mi fiel guardián, no entregues a dios ni hombre tus ojos, que grande ayuda a prestarte disponen, y de su diligente tarea pronto te proveerán, cuando raudo abandones este lugar.
-Dime por qué, oh mi estrella del navegante, habré de mirar por mi vida, siquiera.
-Pues la vida, mi escudo y mi honra, toda una vida vale. Porque no dispondrás de la mía para vivirla en tu carne, sino una vez embarcada en la balsa de Caronte, no existe gozo ni renombre, ni clavo al que agarrarse. No, no, mi insomne centinela, que por arduo camino tu sombra se ha arrastrado, y no viene con fiesta, sino calvario.
-Pues la zozobra, bóveda que en mi vértebra reposa, ensordece mi entender y vela mi horizonte. Que no ha sido más que sal y hierro lo que atrás he dejado, y tu verdadera bondad no me devolverá a ella.
-Mas tú mismo, emblema de mi muralla, has de hacer que la testa que te corona se ablande ante la inocencia de las cosas bellas de la tierra. Que no son espinos, sino violetas; cicatriz y no herida abierta. Que el corcel sereno de la virtud te devuelva a los campos que has de peinar. Has de emprender el regreso, blanca bandera de mis manos pacientes, y henchir la coraza del aire nuevo. Recuerda que el hombre que sujeta las riendas del deseo va por caminos tortuosos, y su destino cambia como lo hace el tiempo.
-Qué a mi, si mi alma es tuya.
-Y como mía te la devuelvo.
-¿Qué es esto, un desaire? ¿Acaso sucia en demasía para tu linda falda? Puedes caminar sobre ella, y que el barro no te toque.
-Por el barro ya ha pasado, y yo te la he lavado. Te la entrego sin usarla, y te ordeno que la agarres. Lleva mi olor en ella, y cuatro gotas de mi recuerdo.
-¿Es esto el total de lo que de ti porto?
-Es todo, mi recio garante.
-Voto a Dios que no lo olvido, y que el músculo que tu puñal ha expuesto no se pudre al sol, sino que en sal se curte. Y que el tiempo sea con el jinete de mi caballo el amante gentil que mi señora ha rehusado.
Vase.
Entra Gastón.
-Al fin, mi amada, he logrado encontrarte. Cuán he penado por caminos y bosques, por cañadas plenas de crueles sabandijas, por senderos empantanados y veredas surcadas de espinos. Quién diera sus ojos al señor de los cielos, que en altares se venera, quién tuviera potestad de librarme de mis cuitas, ahora que ante tus pies me derribo.
-Ay, Gastón, mi fiel guardián, no entregues a dios ni hombre tus ojos, que grande ayuda a prestarte disponen, y de su diligente tarea pronto te proveerán, cuando raudo abandones este lugar.
-Dime por qué, oh mi estrella del navegante, habré de mirar por mi vida, siquiera.
-Pues la vida, mi escudo y mi honra, toda una vida vale. Porque no dispondrás de la mía para vivirla en tu carne, sino una vez embarcada en la balsa de Caronte, no existe gozo ni renombre, ni clavo al que agarrarse. No, no, mi insomne centinela, que por arduo camino tu sombra se ha arrastrado, y no viene con fiesta, sino calvario.
-Pues la zozobra, bóveda que en mi vértebra reposa, ensordece mi entender y vela mi horizonte. Que no ha sido más que sal y hierro lo que atrás he dejado, y tu verdadera bondad no me devolverá a ella.
-Mas tú mismo, emblema de mi muralla, has de hacer que la testa que te corona se ablande ante la inocencia de las cosas bellas de la tierra. Que no son espinos, sino violetas; cicatriz y no herida abierta. Que el corcel sereno de la virtud te devuelva a los campos que has de peinar. Has de emprender el regreso, blanca bandera de mis manos pacientes, y henchir la coraza del aire nuevo. Recuerda que el hombre que sujeta las riendas del deseo va por caminos tortuosos, y su destino cambia como lo hace el tiempo.
-Qué a mi, si mi alma es tuya.
-Y como mía te la devuelvo.
-¿Qué es esto, un desaire? ¿Acaso sucia en demasía para tu linda falda? Puedes caminar sobre ella, y que el barro no te toque.
-Por el barro ya ha pasado, y yo te la he lavado. Te la entrego sin usarla, y te ordeno que la agarres. Lleva mi olor en ella, y cuatro gotas de mi recuerdo.
-¿Es esto el total de lo que de ti porto?
-Es todo, mi recio garante.
-Voto a Dios que no lo olvido, y que el músculo que tu puñal ha expuesto no se pudre al sol, sino que en sal se curte. Y que el tiempo sea con el jinete de mi caballo el amante gentil que mi señora ha rehusado.
Vase.
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