Voy a ponerme a quemar cosas hasta que ya no quede nada.
Voy a robarle aire al aire, voy a llenarlo de humo negro y de polvo y de ceniza hasta que ya no quede nada.
Tanto que crece la cuenta, tanto que el número aumenta; a nadie le preocupa, sólo ocurre que un día ya no se puede seguir tensando las cuerdas, y todo se rompe y se disuelve, se reparte y se diluye hasta que ya no queda nada.
Pero no termina, aunque ya no quede nada.
Se va la noche y con ella las excusas para estar en la cama; se impone un nuevo orden y a nadie le importa qué voz se alce, inconformista. El sol aparece por un horizonte claro y perfilado, y la luz que envía ciega los ojos empañados, rayos que se clavan en la cabeza como cristales de botellas a las que no les queda nada.
Empieza el día, y pasa el tiempo. Llega la primavera y todas las flores dan alergia. No hueles, no ves, te escuece hasta el alma y deseas un verano temprano. Y el verano seca las flores hasta que ya no queda nada. Sólo te queda el invierno, sólo te queda el vacío. ¿Qué vas a hacer con tanta tristeza cuando ya no te quede nada?
Cuando ya no quede nada, me enfrentaré a la noche. Caminaré con las manos abiertas y tiznadas de gris polvo de memoria. Cruzaré el bosque, los lobos me verán pasar y devorarán mi carne hasta que ya no quede nada, y mis huesos blancos se vestirán de hojas y de raíces, y el agua de la lluvia enterrará mi espinazo en el barro. Puede que llegue otra primavera y dentro de mis costillas nazcan flores. Esas ya no me darán alergia, porque de mi ya no quedará nada. Y cuando ya no queda nada, no queda sino empezar de nuevo.